lunes, 9 de diciembre de 2013

Cuantas negras vale una blanca o la importancia del contexto

Galego
Reunir en una semana un congreso sobre transporte marítimo internacional, un retablo del siglo XVII cubierto de confetti en la muestra remembers de Procesalia 2013; enterarse de que en la Cidade da Cultura siguen whenyouliveincompostela.com, pero nadie se molestó cuando la puse de mausoleo al fraguismo en el artículo sobre Gallaecia Petrea; organizar el primer Encontro 2.0 días antes de comenzar el Culturgal en Pontevedra, y coincidir este último con una Feira (Cuarto Público) de arte contemporáneo expuesta en Compostela, compartimentada en las habitaciones de un hotel NH; mezclarlo todo, revolverlo, dejarlo reposar unos días añadiéndole al final la presentación de un libro de Xosé Manuel Beiras que lleva por título Exhortación á desobediencia, debería dar, por lo menos, para escribir cinco o seis artículos.


Jugando a esa popular aplicación de smartphone en la que respondes a preguntas triviales, saltó una que rezaba tal que así "¿Cuantas negras vale una blanca?", y llevaba un apellido: "música". La enorme relevancia que guardaba esa connotación me sirvió, no para acertar, pero si para saber por lo menos cual era el sentido de la cuestión; ergo, la importancia del contexto. Pues no es lo mismo que la presentación del libro del líder de AGE hubiese tenido lugar en el aseo de la habitación de una cadena hotelera, en lugar de en la librería Couceiro, o que la exposición de re-lectura comisariada por Montse Cea se hubiese celebrado en el auditorio del Centro de Novas Tecnoloxías de Galicia, mientras metian a doscientos empresarios y empresarias del sector naval entre los retablos de la Iglesia de la USC (con órgano de fondo incluído) bebiendo cerveza Peregrina.

Obviamente el contexto cuenta. No es lo mismo hacer una feria de arte contemporáneo en un pazo, que en un recinto ferial, o que en un hotel. Es más, no es lo mismo hacer una feria de ganado que hacer una feria de arte, que hacer una feria de artesanía. Y no es lo mismo (y disculpen que ya parezco Alejandro Sanz) vender cuadros que vender chorizos; ni es lo mismo que en Madrid el Centro Nacional Reina Sofía colabore con la Fundación de los Comunes en la búsqueda de una nueva forma de institucionalidad, mientras aquí una cadena de supermercados y una empresa autobusística forman parte de un Patronato que sustenta una Fundación que financia un proyecto que semeja olvidar la importancia de su contexto inmediato.


Consumir cultura
A causa de los recortes producidos con la crisis económica fruto del crash financiero e inmobiliairio (2007-?), y a base de repetir mil veces la misma falacia, tenemos todos en el cogote que la cultura no es más que un parásito que mama egoístamente de las arcas públicas; por eso, dentro de una sociedad post-post, individualista, pragmática y consumista, la única (?) alternativa para la subsistencia de la creación cultural y/o artística es tratarla como industria —kulturindustrie que dirían Adorno y Horkheimer—. Pertenece a una necesidad de clase superior en la pirámide de Maslow que poder dejar al garete en las aguas del mercado neoliberal; ya luego la cultural adquirirá una forma adecuada para sobrevivir: digamos, por ejemplo, una feria.

Zygmunt Bauman, que admite y considera necesaria la relación amor-odio que siempre se produjo entre los creadores cultural y los gestores y administradores del Establishment, opina:
«Los que son auténticamente novedosos son los criterios que los administradores de hoy, en su nuevo rol de agentes de las fuerzas del mercado mas que de los poderes estatales de construcción nacional, implantan para evaluar, auditar, supervisar, juzgar, censurar, recompensar y castigar a sus pupilos. Naturalmente, son criterios de mercado de consumo, que reflejan una preferencia fija por el consumo, la gratificación y la rentabilidad instantáneos. Un mercado de consumo que atendiese necesidades a largo plazo (por no hablar ya de eternidad) sería un contrasentido.» (Mundo Consumo, 2008)

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